Filosofía del lenguaje (2): palabras y cosas

La relaci√≥n entre palabras y cosas es objeto de un largo debate en filosof√≠a. ¬ŅSon los nombres que damos a los seres meras convenciones o son naturales e inherentes a los seres? ¬ŅPodr√≠amos llamar mesas sillas y sillas de mesa, por ejemplo?

Muchos pueblos antiguos consideraban el nombre como una parte inseparable de su ser. El nombre sería tan parte de la persona como sus manos o pies. Por lo tanto, el nombre a menudo adquirió un carácter sagrado, y dependía del individuo honrarlo y defenderlo. Incluso hoy, en muchas religiones, se realizan ritos que intentan llegar a una persona manipulando su nombre.

Entre los cristianos, era com√ļn cambiar los nombres despu√©s de convertirse al cristianismo como s√≠mbolo de una nueva vida. Hay personas que creen que decir el nombre de la cosa que lo llamamos, como cuando hablamos de la muerte, por ejemplo. Hay otros que creen que no se debe hablar de personas muertas.

¬ŅPodr√≠a el nombre de la persona ser parte de su identidad o podr√≠amos tener un nombre diferente que no har√≠a ninguna diferencia? ¬ŅLa gente se parece a su nombre? ¬ŅO hay personas que tienen nombres que no coinciden?

Platón

Un interesante diálogo de Platón (428-347 a. C.) sobre el tema aparece en el "Cratylus". Platón comienza este diálogo con una discusión entre dos personajes: Cratylus y Hermogenes. Crátilo dice que no debería llamarse así a Hermógenes, ya que "Hermógenes" significa "hijo de Hermes" y, a la altura de ese nombre, Hermógenes debería ser una persona rica y no tener dificultades financieras, como fue el caso del personaje.

Herm√≥genes, en el di√°logo, defiende la posici√≥n del convencionalismo, es decir, que los nombres no tienen nada que ver con las cosas y son completamente arbitrarios y pueden cambiarse seg√ļn nuestra voluntad. Cratylus, por otro lado, defiende la posici√≥n naturalista de que cada cosa corresponde a su nombre y saber el nombre significa saber qu√© es la cosa.

Platón defiende una posición intermedia. Reconocerá que hay un cierto grado de convencionalismo, ya que se puede llamar a la misma cosa con diferentes nombres en diferentes idiomas. Por otro lado, las personas no podían seguir cambiando el nombre de las cosas a voluntad, porque en ese caso, el idioma sería imposible.

Orden de las cosas

Hay un límite al convencionalismo, ya que las palabras deben significar la esencia de lo que representan. Aunque las palabras varían de un idioma a otro, en cada una de ellas la palabra siempre representa la esencia de lo que nombra. Es un instrumento para representar el orden de las cosas.

Así como hay un orden en las cosas, hay un orden en el lenguaje, que es tanto más cierto cuanto mejor representa el orden de las cosas. Por esta razón, es necesaria una crítica del lenguaje para que sea más fiel como instrumento para expresar el orden natural de las cosas. Esta tarea depende del dialéctico, responsable de crear los nombres y hacer que la palabra exprese la idea correspondiente a la esencia de la cosa en los sonidos.

Contrariamente a la posici√≥n de Plat√≥n, el fil√≥sofo ingl√©s Guilherme de Ockham (1285-1349) es uno de los principales defensores de la doctrina conocida como "termismo" o "nominalismo". Seg√ļn Ockham, el nombre o el t√©rmino "hace los tiempos" del objeto en la proposici√≥n. Simplemente reemplaza lo real, pero en s√≠ mismo no tiene nada que ver con lo que designa, es solo una convenci√≥n que usamos para referirnos a las cosas.

Abstracción

Solo los objetos singulares son reales. Como el n√ļmero de palabras es limitado y el n√ļmero de objetos es infinito, la misma palabra termina teniendo que designar una gran cantidad de objetos. Cuanto m√°s grande es el grupo de objetos que designa la palabra, m√°s abstracto se vuelve y m√°s vago tambi√©n. Por ejemplo, puedo tener una idea muy clara de qui√©n es Andr√© o Mar√≠a, pero la idea de "humanidad" ya no es tan v√≠vida en nuestras mentes. De esto se deduce que las palabras son m√°s adecuadas para referirse a cosas concretas y no para representar la esencia (si existe), como pensaba Plat√≥n.

Los términos abstractos serían solo construcciones de nuestro intelecto, en absoluto en las cosas. En otras palabras, las cosas no tienen una esencia para simbolizarse a través del término, somos nosotros quienes les atribuimos una esencia a través del proceso de abstracción.

Convención versus esencia

Percibimos ciertas características en las cosas y establecemos una relación de similitud entre ellas. Por ejemplo, que ciertos animales tienen plumas, picos y son bípedos y los llamamos pájaros. Estas características comunes están presentes en individuos singulares y los abstraemos para formar una idea general que se aplica a un grupo de individuos.

El "p√°jaro" en s√≠ mismo, sin embargo, no existe. Lo que existen son patos, gallinas y canarios de concreto de los cuales llegamos a la idea general de un p√°jaro. La √ļnica forma de saber si esta abstracci√≥n es una idea verdadera o no es confrontarla con el objeto real que pretende representar.

Muchos otros fil√≥sofos han participado en el debate sobre si la relaci√≥n entre palabras y cosas es puramente convencional o la expresi√≥n de la esencia de las cosas. Uno de ellos, Pedro Abelardo (1079-1142), expres√≥ el problema en los siguientes t√©rminos: si todas las rosas del mundo desaparecieran, ¬Ņel nombre "rosa" todav√≠a tendr√≠a sentido? Detr√°s de esta pregunta se encuentra la relaci√≥n secreta entre palabras y cosas, adem√°s de la obstinada negativa del lenguaje a ser un mero veh√≠culo para la expresi√≥n de objetos o ideas de sujetos.

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